La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Eso no lo sé —respondió el hijo—. Si no hubiera intentando mantenerlo en secreto, yo nunca lo habrÃa descubierto, pues ha sido su empeño en despedirme al anochecer y mandarme a casa más temprano de lo habitual lo que ha hecho que me pregunte qué se trae entre manos. ¡Eh, un momento! ¿Qué es eso?
—Hay alguien ahà fuera.
—Alguien está cruzando el patio y viene hacia aquà —dijo Kit poniéndose en pie para escuchar mejor—. Y viene muy deprisa. No puede ser que él haya salido de la casa después de marcharme yo y que la casa se haya incendiado, ¡ay, madre!
El chico permaneció unos momentos paralizado por la aprensión que se habÃa apoderado de él. Los pasos se acercaban; la puerta se abrió con una mano apresurada y la niña, pálida y sin aliento, y expeditivamente envuelta en unas telas, entró precipitadamente en la habitación.
—¡Señorita Nelly! ¿Qué ocurre? —exclamaron madre e hijo a la vez.
—No puedo quedarme más que un minuto —fue la respuesta—. Mi abuelo está muy enfermo. Lo he encontrado sin sentido en el suelo.
—Voy a llamar a un médico —profirió Kit cogiendo su sombrero sin ala—. Estaré allà en un momento, voy…