La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡No, no! —gritó Nell. Ya hay un médico allÃ. Tú…, a ti ya no te quiere ver. No debes acercarte a la casa nunca más.
—¿Qué? —bramó Kit.
—Nunca más —confirmó la niña—. No me preguntes por qué, pues no lo sé. Por favor, no me preguntes por qué y no te enfades conmigo. Yo no tengo nada que ver con esto, ¡de verdad!
Kit la miró con los ojos como platos, y abrió y cerró la boca muchas veces, pero sin poder articular palabra.
—Se queja y despotrica de ti —abundó la niña—. No sé qué has hecho, pero espero que no sea muy malo.
—Que yo he hecho…
—Dice a gritos que tú has causado toda su desgracia —respondió la niña con los ojos llenos de lágrimas—. No deja de gritar y maldecir, farfullando que no debes acercarte a él, o se morirá. No debes volver con nosotros nunca más. He venido yo a decÃrtelo. He creÃdo que era mejor que viniera yo y no un extraño. Oh, Kit, ¿qué has hecho? ¡Tú, en quien yo confiaba tanto y que eras casi el único amigo que tenÃa!
El desafortunado Kit miraba a su joven ama fijamente y con ojos cada vez más abiertos. Pero se habÃa quedado completamente inmóvil y mudo.