La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Antes de que la niña pudiera responder a tan encarecida petición, se abrió la puerta de la calle y el señor Brass asomó la cabeza, tocada con el gorro de dormir.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz agria.
Kit se escabulló inmediatamente y Nell, cerrando la ventana suavemente, se retiró al interior de la habitación.
Antes de que el señor Brass repitiera la pregunta por tercera vez, el señor Quilp, también tocado con el gorro de dormir, emergió por la misma puerta y miró atentamente a todo lo largo de la calle; después pasó a la acera de enfrente y examinó las ventanas de la casa. Tras comprobar que no había nadie a la vista, volvió a la casa con su amigo el leguleyo, expresando a voz en grito (cosa que la niña oyó desde la escalera) que había una conjura y un complot contra él; que estaba en peligro inminente de que le robara y saqueara una banda de malhechores que merodeaba alrededor de la casa a todas horas; y que tomaría disposiciones cuanto antes para vender el inmueble y regresar de nuevo bajo su pacífico techo. Tras proferir estas cosas, y otras muchas amenazas de parecida índole, se hizo un ovillo otra vez en la camita de la niña, la cual, por su parte, desapareció sin hacer ruido escalera arriba.