La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El anciano y la niña hicieron una salida esporádica en coche, él apoyado en almohadones y ella atenta a su lado. Iban cogidos de la mano, como de costumbre. El ruido y el movimiento de la calle fatigaban al principio el cerebro del anciano, pero no se advertÃa en él ni sorpresa ni curiosidad ni placer ni irritación. Cuando ella le preguntaba si recordaba esto o aquello, contestaba: «Ah, claro, muy bien. ¿Por qué no?». A veces volvÃa la cabeza y, con la mirada seria y el cuello alargado, se fijaba en algún desconocido hasta que lo perdÃa de vista. Pero, a la pregunta de por qué lo hacÃa, no contestaba.
Un dÃa, estando sentado en su sillón, y Nell en un taburete a su lado, un hombre preguntó al otro lado de la puerta si podÃa entrar.
—¡SÃ! —contestó sin emoción—. Sé que es Quilp. Él es el amo ahora. Por supuesto que puede entrar.
Y entró.
—Me alegra verlo recuperado por fin, vecino —profirió el enano sentándose frente a él—. ¿Qué, ya se siente con fuerzas?
—Sà —contestó el anciano con voz débil—. SÃ.