La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Era uno de los primeros días de junio. El cielo, no manchado por ninguna nube, destilaba un azul profundo. En la calle no había casi ningún transeúnte, las casas y tiendas estaban cerradas, y el saludable aire de la mañana vertía su hálito angelical sobre la ciudad dormida.

El anciano y la niña atravesaron aquel gozoso silencio henchidos de esperanza y deleite. Estaban solos otra vez. Cada objeto les parecía resplandeciente y nuevo. Nada les recordaba, salvo por contraste, la monotonía y angustia dejadas atrás. Las torres y agujas de las iglesias, ceñudas y sombrías en otras ocasiones, brillaban con el sol. No había esquina ni rincón, por humildes que fueran, que no se alegraran con aquella luz. El cielo, oscurecido sólo por la inmensa distancia, arrojaba su plácida sonrisa sobre cuanto había allí debajo.
Los dos pobres aventureros, peregrinos sin rumbo, iniciaron así su salida de la ciudad, mientras esta aún dormía.