La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En cuanto al señor Brass, tras contorsionarse en unas posiciones muy extrañas, arrugó la cara y los ojos como quien acaba de comerse una ración de grosellas verdes. Al ver que el señor Quilp se estaba poniendo la ropa, se apresuró a vestirse, pero poniéndose los zapatos antes que los calcetines, enfilando las piernas en las mangas del abrigo y cometiendo otras pifias no inusuales en quienes se visten deprisa y se angustian cuando los han despertado de repente. Mientras el abogado estaba así ocupado, el enano palpó debajo de la mesa y, acto seguido, se puso a lanzar imprecaciones contra su persona, contra la humanidad en general y, de propina, contra todos los objetos inanimados. Lo cual movió al señor Brass a preguntarle:
—¿Qué ocurre?
—La llave —expresó el enano mirando con enojo a su alrededor—. La llave de la puerta, eso es lo que ocurre. ¿Sabe algo al respecto?
—¿Cómo podría yo saber algo al respecto, señor mío? —se disculpó el señor Brass.
—¿Que cómo podría? —repitió Quilp con una risita—. Usted es un buen abogado, ¿no? ¡Vaya tipo más idiota!