La tienda de antiguedades

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Ya no había razones para extremar la precaución ni para temer que se produjera un nuevo combate con el mozo de Daniel Quilp. La casa, completamente desierta, parecía llevar varios meses polvorienta y lóbrega. Un oxidado candado mantenía cerrada la puerta, jirones de tela y de cortinas descoloridas colgaban de las ventanas superiores medio abiertas y por las rendijas de los postigos de la planta baja se entreveía la oscuridad que reinaba en el interior. Algunos cristales de la ventana a la que había mirado tantas veces se habían roto en medio del trajín de aquella mañana, y la habitación parecía más solitaria y oscura que ninguna otra. Un grupo de chiquillos ociosos había tomado posesión de los escalones de la puerta; unos jugando con la aldaba y prestando oído, deliciosamente asustados, a los sonidos que reverberaban por toda la casa vacía, y otros apiñados junto a la cerradura para observar, medio en broma, medio en serio, al «fantasma» surgido de la oscuridad e inactividad recientes, acrecentadas por el misterio que rodeaba a los anteriores habitantes. La casa, la única de una calle bulliciosa que parecía desocupada y cerrada, ofrecía un cuadro de desolación; y Kit, recordando los alegres momentos junto al alegre fuego las noches de invierno y las no menos alegres risas que habían resonado en la pequeña habitación, se alejó embargado por un sentimiento de profunda tristeza.


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