La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Conviene observar, para ser justos con el pobre Kit, que no era en modo alguno un chico de temperamento sentimental (y tal vez ni siquiera había oído este adjetivo en su vida). Era un mozuelo de corazón bueno y agradecido, pero desprovisto de galanura y modales corteses. En consecuencia, en vez de volverse a casa con su dolor y dar una patada a los niños e insultar a la madre (como cierta gente bien educada que cuando está enfadada quiere ver a todo el mundo igualmente descontento), buscó la manera de hacerlos lo más felices posible.
¡Santo cielo! ¡Cuántos jinetes cabalgando de un lado a otro, pero qué pocos estaban dispuestos a dejar que alguien cuidara sus caballos! Por el número de los que pasaban a caballo, un especulador de la City o el miembro de alguna comisión parlamentaria podría haber calculado, de manera bastante aproximada, la cantidad de dinero que se ganaba en Londres en el transcurso de un año solamente cuidando de caballos. Sin duda habría sido una cantidad muy grande si sólo la vigésima parte de los caballeros sin criado hubieran puesto pie en tierra; pero no era el caso, y con frecuencia una circunstancia tan miserable como esta echa a perder los cálculos más ingeniosos del mundo.