La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Nada más natural en semejantes circunstancias —abundó el notario con tono exculpatorio—. Los sentimientos del señor Abel hacen honor a su carácter, como hacen también honor al carácter de usted, señora, y al carácter de usted, su padre, y a la naturaleza humana en general. Yo veo esta misma corriente fluir en toda su conducta tranquila y honesta. Voy a firmar, presten atención, al pie del contrato de aprendizaje, de la que el señor Chuckster será testigo; y colocando el dedo sobre este sello azul romboidal, me veo obligado a observar, con voz clara y distinta (no se alarme, señora, es una pura formalidad jurÃdica) que ejecuto esto como un acta notarial libre y voluntariamente. El señor Abel pondrá su nombre junto al otro sello repitiendo las mismas palabras cabalÃsticas, y asunto concluido. ¡Ja, ja, ja! ¿Ven con qué facilidad se hacen estas cosas?
Se produjo un breve silencio mientras el señor Abel cumplimentaba la formalidad requerida. Después se oyeron nuevos apretones de manos y arrastres de pies, y a continuación el tintineo de vasos de vino y una animada cháchara de todos los presentes. Aproximadamente un cuarto de hora después, el señor Chuckster (con una pluma detrás de la oreja y la cara iluminada por el vino) aparecÃa en la puerta y, dirigiéndose condescendientemente a Kit con el jocoso apelativo de «pilluelo», le informó de que los visitantes iban a salir.