La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Sabe una cosa, señor Witherden? —expresó la anciana señora—. Abel no se ha educado como la mayorÃa de los jóvenes. Siempre se ha complacido en cultivar nuestra sociedad, siempre ha estado con nosotros. Abel nunca se ha alejado de nosotros, ni un solo dÃa; ¿verdad, querido?
—Nunca, querida —respondió el anciano caballero—, salvo cuando fue a Margate un sábado con el señor Tomkinley, el maestro de su escuela, y no volvió hasta el lunes siguiente. Pero después estuvo enfermo, ¿recuerdas, querida? Fue un pecadillo de disipación.
—No estaba acostumbrado, ya lo sabes —señaló la anciana señora—; no lo soportó, esa es la verdad. Además, no disfrutó allà sin nuestra compañÃa, no tenÃa a nadie con quien hablar o distraerse.
—Eso ya pasó —terció la misma voz suave que habÃa hablado antes—. Yo estaba muy lejos, mamá, muy triste pensando que se interponÃa el mar entre nosotros. ¡Ay, nunca olvidaré la impresión que me produjo saber que él mar se interponÃa entre nosotros!