La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Es una circunstancia feliz, muy feliz —prosiguió el notario— que sea también hoy su vigésimo octavo aniversario, extremo que espero saber apreciar. ConfÃo, señor Garland, estimado señor, que podamos felicitarnos mutuamente en tan venturosa ocasión.
A lo que el anciano caballero replicó diciendo que no deseaba otra cosa. A continuación, pareció repetirse otro apretón de manos, y después el anciano caballero dijo que, aunque no estaba bien que lo dijera él, creÃa que ningún hijo habÃa deparado nunca mayor consuelo a sus padres que Abel Garland a los suyos.
—Casarnos, señor, como nos casamos mamá y yo, en una fase tardÃa de la vida, después de esperar tantos años hasta hallarnos económicamente desahogados…, uniéndonos cuando ya no éramos jóvenes y luego siendo bendecidos con la llegada de un hijo que ha sido siempre tan atento y cariñoso…, es una verdadera fuente de felicidad para los dos, créame, señor mÃo.
—Por supuesto que lo es. De eso no me cabe la menor duda —convino el notario desbordando simpatÃa—. Es la contemplación de estas cosas lo que me hace deplorar mi condición de soltero. En otro tiempo, caballero, hubo una señorita, la hija de un armador de la máxima respetabilidad…; pero hablar de eso denota debilidad de mi parte. Chuckster, trae el contrato de aprendizaje del señor Abel.