La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ah, y muy buena ocasión, en efecto, señora, una ocasión que me honra, que me honra sobremanera, señora —corroboró el notario Witherden—. Yo he tenido aquà a muchos caballeros, señora, a muchos. Algunos nadan actualmente en la abundancia, sin reparar en su antiguo compañero y amigo, señora, pero otros han conservado la costumbre de venir a verme de cuando en cuando y decirme: «Señor Witherden, algunas de las horas más agradables de mi vida las he pasado en este despacho, sentado en esta misma silla, de veras». Pero de entre todas estas personas, por grande que fuera el aprecio que les tributara, a ninguna le auguro un futuro tan brillante como el que le auguro a su único hijo.
—¡Oh, caballero —profirió la anciana señora—, qué feliz nos hace con esto que dice, de veras!
—Esto lo creo y lo digo, señora —prosiguió el señor Witherden—, como hombre honrado que me considero, que, como observa el poeta[3], es la obra más excelsa de cuantas ha creado Dios. Convengo plenamente con el poeta en esta apreciación, señora. Los Alpes montañosos, por una parte, o el ruiseñor, por la otra, son poca cosa frente a la obra maestra de la Creación que es el hombre honrado, o la mujer honrada, claro está.
—Cualquier cosa que el señor Witherden pueda decir de mà —expresó suavemente una voz tranquila— yo la puedo decir de él redoblada, no me cabe la menor duda.