La tienda de antiguedades

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Al poni debió de impresionarle aquella apelación a sus sentimientos, dado que se puso a trotar al punto, aunque no con muchas ganas, y ya no se detuvo hasta llegar a una puerta en la que había una placa de metal con la inscripción «Witherden - Notario». El anciano caballero se apeó y ayudó a bajar a la anciana señora; a continuación sacó de debajo del asiento un ramillete parecido, en forma y dimensiones, a un calentador de cama con el mango recortado, que la anciana señora llevó a la casa con aire adusto y ceremonioso, seguida a unos pasos por el anciano caballero, que tenía un pie zopo.

Como se podía deducir por las voces, entraron al salón principal, que parecía un despacho. Como el día era cálido y la calle se hallaba silenciosa, las ventanas estaban abiertas de par en par, por lo que resultaba fácil oír la conversación a través de las persianas.

Al principio hubo apretones de manos y arrastre de pies, seguidos del ofrecimiento del ramillete, pues una voz, que al oyente le pareció la del señor Witherden, el notario, se deshacía en elogios como: «¡Oh, maravilloso, qué perfume!», y una nariz, que cabía imaginar propiedad del mismo caballero, inhaló el perfume con varios husmeos de inexpresable placer.

—Lo he traído para festejar la ocasión, caballero —proclamó la anciana señora.


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