La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al pasar por donde Kit estaba sentado, este miró con tantas ansias el pequeño carruaje que el anciano caballero reparó en él. Kit se levantó y se llevó la mano a su sombrero, y el anciano caballero le indicó al poni que deseaba detenerse, propuesta a la que el animal (que raras veces ponÃa objeciones a este tipo de sugerencias) accedió de buen grado.
—Disculpe, señor —dijo Kit—. Siento haberlo detenido. Sólo querÃa saber si quiere que me ocupe de su caballo.
—Paro en la siguiente calle —repuso el viejo caballero—. Si quieres seguirnos, puedes ocuparte de él.
Kit le dio las gracias y obedeció muy contento. El poni salió disparado formando un ángulo agudo para inspeccionar una farola de un lado de la calle y luego se lanzó por la tangente hacia otra farola en el lado opuesto. Satisfecho dé que fueran del mismo modelo y material, se detuvo con aire meditabundo.
—¿Quiere seguir el señor —le preguntó el anciano caballero gravemente— o debemos quedarnos parados aquà y llegar tarde a nuestra cita?
El poni permaneció inmóvil.
—¡Malvado Whisker! —apostrofó la anciana señora—. ¡Vete al diablo! Estoy avergonzada de semejante conducta.