La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Pero no tenÃa seis peniques, ni tampoco la anciana señora ni el señor Abel ni el notario ni el señor Chuckster. Manifestó que un chelÃn le parecÃa demasiado, pero, con todo, como no habÃa en la calle ninguna tienda para cambiar, le dio la moneda al chico.
—Escucha, jovencito —le dijo bromeando—, vuelvo el lunes que viene a la misma hora; asà que procura estar aquà para hacerte merecedor de la moneda.
—Gracias, señor —expresó Kit—. Estaré aquÃ, descuide.
Kit habló completamente en serio, pero todos se rieron de buena gana al oÃrle decir aquello, especialmente el señor Chuckster, a quien la broma le hizo desternillarse de risa. En cuanto al poni, presintiendo que iba a casa, o determinado a no ir a ninguna otra parte (lo que equivalÃa a lo mismo), se alejó al trote. Kit no se lo pensó dos veces y se fue de allà también. Gastó su tesoro en cosas que, sabÃa, serÃan bien recibidas en casa, sin olvidar algunas simientes para el maravilloso pajarillo. Tras lo cual, volvió a casa corriendo, contento por su éxito y buena estrella, pero más contento aún porque que creÃa que Nell y el anciano iban a llegar antes que él.