La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La mañana de la partida, mientras recorrían las calles silenciosas de la ciudad, la niña temblaba con una mezcla de esperanza y miedo cuando, ante una figura entrevista en la lejanía, su imaginación le sugería que podría ser el bueno de Kit. Pero, aunque le habría encantado darle la mano y agradecerle lo que le había dicho en su último encuentro, sentía alivio al descubrir, cuando la figura se iba acercando, que no se trataba de él, sino de un extraño; pues, aunque esta visión no hubiera producido en su compañero de viaje el efecto que temía, sentía que decir adiós ahora a cualquiera, y en especial a un amigo que había sido tan fiel y sincero, le resultaría insoportable. Ya bastaba con haber dejado atrás tantos objetos, cosas que no le producían ni afecto ni tristeza. Decir adiós a su único amigo en el umbral de aquel largo viaje le habría destrozado el corazón.
