La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ya no puedo defenderme por mà mismo, cariño —le confesó su abuelo—. No sé cómo he llegado a esto; antes podÃa defenderme, pero ese tiempo ya ha pasado. No me dejes, Nell; dime que no me dejarás. Yo te he querido siempre, lo sabes bien. Si te pierdo a ti, cariño…, moriré.
Posó la cabeza sobre el hombro de la niña con gemidos lastimeros. DÃas antes, la niña no habrÃa podido contener las lágrimas y habrÃa llorado con él. Pero ahora lo consoló con palabras amables y tiernas, sonrió ante la idea de que pudieran separarse alguna vez y consiguió que él también se riera. El anciano se tranquilizó enseguida y, canturreando para sà como un niño, acabó durmiéndose.
Se despertó con nuevos brÃos, y prosiguieron la marcha. El camino era agradable; discurrÃa entre lozanos pastizales y trigales, donde, suspendida en el cielo azul, una alondra gorjeaba alegremente. El aire llegaba cargado de fragancia, y las abejas, embriagadas por aquel hálito perfumado, zumbaban con monótona satisfacción.