La tienda de antiguedades

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—Querido abuelo —dijo—, con la salvedad de que este lugar es más bonito y mucho mejor que el del libro, siento que somos dos cristianos que hemos dejado sobre esta hierba nuestras preocupaciones y problemas; nunca volveremos a tenerlos, ¿verdad?

—No, nunca, nunca —refrendó el anciano agitando la mano en dirección a la ciudad—. Tú y yo ya nos hemos librado de eso, Nell. Nunca conseguirán convencernos para que volvamos.

—¿Está cansado, abuelo? —preguntó la niña—. ¿Está seguro de que no le sienta mal tanto caminar?

—Ya no me sentiré mal, sobre todo ahora que ya nos hemos ido de allí —fue su respuesta—. Movámonos, Nell. Debemos alejarnos más, más, mucho más. Aún estamos demasiado cerca para detenernos a descansar. ¡Vamos!

Había en el prado un estanque de agua limpia en el que la niña se lavó las manos y la cara y se refrescó los pies antes de ponerse en marcha. Dispuesta a que el anciano se refrescara de la misma manera, le hizo sentarse sobre la hierba, le echó agua con las manos y lo secó con su sencillo vestido.


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