La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En un lugar así, en medio de un ameno prado, el anciano y su pequeña guía (si guía puede llamarse a quien no sabe a dónde se dirige) se sentaron a descansar. Como la niña había tenido la previsión de llenar el cesto con unas rebanadas de pan y carne, allí tomaron un frugal desayuno.
El frescor de la mañana, el canto de las aves, la belleza de la hierba ondulada, las hojas de un verde intenso, las flores silvestres y los mil olores y sonidos exquisitos que flotaban en el aire —grandes alegrías para la mayoría de nosotros, pero sobre todo para quienes viven engullidos por una multitud o solitariamente en grandes ciudades, como en el cubo de un pozo humano— henchían sus pechos de alborozo. La niña repitió una vez más aquella mañana sus sencillas oraciones, más en serio quizá que en otras ocasiones. El anciano se quitó el sombrero y, como no sabía recitarlas, dijo amén y añadió que allí se estaba maravillosamente bien.

En un estante de la casa había un viejo ejemplar del Progreso del peregrino, con láminas muy extrañas, que la niña había leído absorta tardes enteras, preguntándose si era cierto lo que allí se decía y dónde estarían aquellos remotos países de nombres tan curiosos. Al volver la mirada hacia el camino, mil recuerdos le volvieron al pensamiento.