La tienda de antiguedades

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En los extremos de las calles había menos casas, con pequeñas manchas de vegetación a los lados y alguna que otra mansión solariega desprovista de pintura, construida con madera vieja o con restos de barco, verdes como las coles que crecían alrededor y con hongos y caracoles incrustados en las junturas. A estas les sucedían edificaciones más coquetas, de dos en dos, con un terreno en la entrada de arriates angulares rodeados de tupido aligustre y con estrechos caminos de acceso, donde el pie no se aventuraba a pisar la gravilla. Luego venía un hostal, recién pintado de verde y blanco, con patio y bolera de hierba, desdeñoso de su viejo vecino, con un abrevadero donde se detenían los carromatos. Después, el campo. Y más allá, unas casas aisladas de considerable tamaño con zonas de césped, algunas con una casita aneja donde vivían el portero y su mujer. Luego, una barrera de peaje. Luego, más campo con árboles y almiares. Luego, una colina, donde el viajero podía detenerse en lo alto y volver la vista a la vieja catedral de San Pablo, que surgía a través del humo, con la cruz asomando por encima de la nube (si el día estaba despejado) y resplandeciendo al sol. Allí el viajero, deteniéndose a mirar esta Babel, sobre la que sobresalía la cruz, hasta las avanzadillas más alejadas del ejército del ladrillo y el mortero, ahora a sus pies, podía decir que, finalmente, había salido de Londres.


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