La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Enfilaron una calle ancha, pero su carácter seguía siendo el mismo (pues los humildes seguidores de la riqueza del campo plantan la tienda en su entorno). Casas podridas por la humedad, unas en alquiler, otras aún en construcción, otras a medio construir o desmoronadas; viviendas donde era difícil saber quiénes necesitaban más de la piedad, los arrendadores o los que vivían del alquiler; niños mal alimentados y mal vestidos en mitad de la calle; madres regañonas arrastrando ruidosamente los zuecos; padres harapientos acudiendo con aire abatido al trabajo que les reportaría el «pan de cada día» y poco más; mujeres que lavaban la ropa batiéndola con palos, zapateros remendones, sastres y candeleros que ejercían su oficio en cuartos de estar, cocinas, habitaciones interiores y buhardillas, todos apiñados bajo el mismo techo; fábricas de ladrillo, ennegrecidas y desconchadas por las llamas, que rodeaban jardines vallados con estacas de viejos toneles o de madera saqueada en casas derruidas; montones de hierbajos cenagosos, ortigas, malas hierbas y conchas de ostras amontonadas en desorden; pequeñas capillas disidentes empeñadas en enseñar, ciegas a lo que veían, las miserias de la tierra, y numerosas iglesias nuevas erigidas con riqueza superflua para mostrar el camino del cielo.