La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Ah! Bien. Me han pedido que los recoja —se explicó el hombre—. Yo voy también en esta dirección. Deme la mano y suba, jefe.
Qué gran alivio, pues estaban muy cansados y apenas podÃan seguir andando… Aquel traqueteante carro les pareció un carruaje de lujo, y el viaje una verdadera delicia. Apenas se hubo sentado Nell sobre un pequeño montón de paja en un rincón, cayó dormida por primera vez en todo el dÃa.
Se despertó al detenerse el carro, que iba a girar para tomar otro camino. El carretero se apeó amablemente para ayudar a la niña y, señalando unos árboles a media distancia, dijo que la aldea empezaba allà y que debÃan tomar el camino que atravesaba el camposanto. Y hacia allá encaminaron sus fatigados pasos.