La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El hombre de cara alegre, asintiendo con la cabeza, fue el primero en saludar a los extraños; se fijó en la mirada del anciano y se dio cuenta de que era la primera vez que este veÃa a Polichinela fuera del retablo (conviene señalar que Polichinela parecÃa estar apuntando con la punta del gorro a un epitafio rimbombante y riéndose de él a mandÃbula batiente).
—¿Por qué vienen a hacer los arreglos aquÃ? —preguntó el anciano sentándose a su lado y mirando los tÃteres con especial deleite.
—Porque —contestó el hombrecillo— esta noche damos una función en esa posada de ahÃ, y no estarÃa bien que nos vieran haciendo remiendos.
—¿Ah, no? —profirió el anciano haciendo signos a Nell para que escuchara—. ¿Y por qué no?
—Porque destruirÃa toda la ilusión y todo el interés, ¿no cree? —se explicó el hombrecillo—. No pagarÃan ni medio penique por ver a un lord canciller con ropa de casa y sin peluca.
—¡Ah, claro! —exclamó el anciano aventurándose a tocar uno de los muñecos; luego, retirando la mano con una risotada, añadió—. ¿Va a haber función esta noche, dice?