La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Esa es la idea, maestro —replicó el otro—, y, si no me equivoco, Tommy Codlin está calculando en este mismo momento lo que hemos perdido por charlar con ustedes. Alegra esa cara, Tommy, que no debe de ser mucho.
El hombrecillo acompañó estas últimas palabras con un guiño, dando a entender que no tenÃa mucha idea del estado de las finanzas del viajero.
A esto el señor Codlin, que tenÃa un carácter hosco y gruñón, comentó mientras recogÃa sin miramientos a Polichinela y lo lanzaba al interior de la caja:
—No me interesa si hemos perdido algún penique, pero sà puedo afirmar que eres demasiado derrochador. Si observaras desde el telón las caras del público, como yo hago, conocerÃas mejor la naturaleza humana.
—¡Ay, Tommy, cómo te has echado a perder desde que te dedicas a eso! —exclamó su compañero—. Cuando interpretabas al fantasma en las funciones de la feria, creÃas en todo menos en fantasmas. Pero, ahora ya no crees absolutamente en nada. Nunca he visto a un hombre tan cambiado.
—No te preocupes por mà —repuso el señor Codlin con aire de filósofo descontento—. Ya he visto muchas cosas de la vida, tal vez demasiadas.
Volviéndose a los tÃteres de la caja, como alguien que los conocÃa bien y despreciaba, sacó uno y lo sostuvo para que el otro lo inspeccionara.