La tienda de antiguedades

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—Mira. El vestido de Judy se ha descosido otra vez. Tú no tendrás aguja e hilo, supongo.

El hombrecillo sacudió la cabeza y se la rascó con aire pesaroso mientras contemplaba el triste estado del vestido de la actriz principal. La niña, al verlos sin saber qué hacer, dijo tímidamente:

—Señor, en mi cesta yo tengo aguja e hilo. Si quiere, puedo hacerle el remiendo. Creo que se me daría mejor a mí.

El señor Codlin no opuso ninguna objeción a una propuesta tan razonable. Nelly, arrodillándose junto a la caja, se puso enseguida a coser y realizó la labor con mucho primor.

Mientras estaba así ocupada, el hombrecillo alegre la observó con un interés que no disminuyó al observar también a su desvalido compañero. Terminado el trabajo, dio las gracias a la niña y le preguntó a dónde se dirigían.

—No muy lejos… por esta noche, creo —balbuceó mirando a su abuelo.

—Si necesita un lugar donde dormir —ofreció el hombre—, yo le aconsejaría la misma posada donde paramos nosotros. Es esa de ahí, esa casa blanca, alargada y baja. Es muy barata.


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