La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El anciano, a pesar de su cansancio, habría pasado en el camposanto toda la noche si sus recién conocidos se hubieran quedado allí también. Así pues, aceptó la sugerencia con un presto y entusiasta asentimiento, y todos se levantaron y marcharon juntos, él cerca de la caja de los títeres que tanto le gustaban, el hombrecillo alegre cargando con dicha caja en bandolera, Nelly cogida de la mano de su abuelo y el señor Codlin trotando detrás mientras dirigía a la torre de la iglesia y a los árboles circundantes las mismas miradas que, cuando estaba en la ciudad, dirigía a los cuartos de estar y a las ventanas de los cuartos de los niños en busca de un lugar propicio para plantar el tenderete.
La posada la regentaban un hombre grueso de avanzada edad y su mujer, que se mostraron encantados de recibir a nuevos huéspedes y alabaron la belleza de Nelly, que se ganó su favor desde el primer momento. En la cocina sólo estaban los dos titiriteros, y la niña se sintió muy contenta de haber ido a parar a un lugar tan bueno. La dueña se mostró muy asombrada al oír que habían hecho a pie todo el camino desde Londres y mostró una no menor curiosidad sobre el lugar al que se dirigían. La niña esquivó sus preguntas lo mejor que pudo, lo que no le resultó difícil, pues la anciana, al verla un poco nerviosa, desistió de su intento.