La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Concluido el desayuno, el señor Codlin pidió la cuenta e, incluyendo su cerveza en la misma (práctica que corroboraba su misantropía), dividió la suma total en dos partes iguales, una pagadera por su amigo y él y otra por Nelly y su abuelo. Abonado el importe, y con todo listo para la partida, se despidieron de los dueños y reanudaron el viaje:
Y entonces quedó en evidencia la falsa posición del señor Codlin en la sociedad y el efecto que esta producía en su espíritu ulcerado, pues, si la noche anterior Polichinela lo había tratado de «mi señor», dando a entender al público por inferencia que lo mantenía para su satisfacción personal, ahora caminaba penosamente bajo el peso del teatrillo de ese personaje, cargando con él en un día bochornoso por un camino polvoriento. El radiante Polichinela, en lugar de animar a su patrón con alguna ocurrencia o con una somanta de palos en la cabeza de sus parientes y conocidos, se hallaba ahora sin espina dorsal, completamente fofo y descompuesto en una caja oscura, con las piernas dobladas alrededor del cuello, desprovisto de todas sus cualidades sociales.