La tienda de antiguedades

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La denominada compañía Grinder constaba de tres miembros: un jovencito y una jovencita sobre sendos zancos y el propio señor Grinder, que utilizaba sus piernas naturales para caminar, cargando con un bombo a la espalda. Los dos jóvenes se presentaban al público con el típico traje escocés, pero, como la noche era húmeda: y fría, el chico llevaba encima de la falda de cuadros un chaquetón de marino que le llegaba a los tobillos y un sombrero satinado, y la chica iba también vestida con un viejo abrigo de tela y un pañuelo anudado en la cabeza. Sus gorros escoceses, adornados con plumas de un negro azabache, los había colocado el señor Grinder sobre el instrumento que acarreaba.

—Vais a las carreras, ¿no? —dijo el señor Grinder jadeando—. Nosotros también. ¿Qué tal estás, Short?

Se dieron la mano amistosamente. Los jóvenes, al estar demasiado altos para dar también la mano a Short, lo saludaron de otra manera: el chico levantó el zanco derecho y le acarició con él la espalda, y la chica tocó la pandereta con redoblado brío.

—¿Qué, practicando, no? —preguntó Short, señalando los zancos.

—No —contestó Grinder—. Tienen que elegir entre caminar con ellos o llevarlos a cuestas. Prefieren caminar con ellos. Además, se ve mejor el paisaje. ¿Por qué camino vais? Nosotros, por el más corto.


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