La tienda de antiguedades

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—Bueno, la verdad es —contestó Short— que nosotros vamos por el más largo, pues pensamos parar en un albergue para pasar la noche, a dos kilómetros y medio de aquí. Pero cuatro o cinco kilómetros andados esta noche…, eso que nos ahorraremos mañana, y, si vosotros seguís, creo que lo mejor es que os acompañemos.

—¿Dónde está tu socio? —preguntó Grinder.

—¡Aquí está! —gritó el señor Thomas Codlin, asomando la cabeza por el proscenio y presentando una cara raras veces vista en aquel escenario—. Y tendrán que asarlo vivo para conseguir que siga caminando esta noche. Eso es lo que dice.

—Bueno, no te pongas tan trágico, hombre —le intimó Short—. Respeta la asociación, Tommy, aunque tú quieras cortarla bruscamente.

—Bruscamente o suavemente —reiteró el señor Codlin golpeando con la mano en el pequeño estribo donde Polichinela acostumbraba a exhibir sus piernas en equilibrio y sus medias de seda a la admiración popular—, bruscamente o suavemente esta noche no andaré más de dos kilómetros y medio. Yo me paro en el Jolly Sandboys, y en ningún otro albergue. Si te gusta ir allí, de acuerdo. Si te gusta ir por tu cuenta, pues vas por tu cuenta y prescindes de mí, si puedes.


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