La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —SÃ, por ahora —respondió el mesonero, mirando al cielo—, pero tendremos más compañÃa esta noche, espero. ¡Eh, chavales, que uno lleve este teatrillo al granero! —gritó—. Entra deprisa, Tom, y sécate, que estás empapado. Cuando empezó a llover, les dije que encendieran la chimenea, y hay un fuego maravilloso en la cocina: ven a ver.
El señor Codlin lo siguió gustoso y comprobó con satisfacción lo que el mesonero le decÃa. Un espléndido fuego ardÃa y subÃa por la espaciosa chimenea con un ruido muy alegre, potenciado por un gran caldero de hierro que cocÃa lentamente sobre el mismo fuego. La estancia presentaba una coloración rojiza. El mesonero atizó el fuego, haciendo brotar las llamas, y levantó la tapadera del caldero, del que salió un olor muy apetitoso mientras arreciaba el sonido burbujeante y un vapor untuoso flotaba por encima de sus cabezas, como una deliciosa neblina. El señor Codlin se enterneció al verlo, se sentó en un rincón junto a la chimenea y sonrió.