La tienda de antiguedades

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Finalmente llegaron con un aspecto harto lamentable, casi sin resuello por el apresuramiento y empapados, pese, a que Short había tapado a la niña lo mejor que pudo con los faldones de su abrigo. El mesonero, que los había esperado impacientemente apostado en la puerta, en cuanto los vio asomar por la carretera se precipitó hacia la cocina y levantó la tapadera. El efecto fue eléctrico. Los caminantes hicieron su entrada con rostros sonrientes, calados hasta los huesos. Lo primero que dijo Short fue:

—¡Qué bien huele!

¡Qué fácil resulta olvidar la lluvia y el barro al amor de un buen fuego, en una habitación acogedora! Se les suministraron zapatillas y la ropa seca que pudo encontrarse en el mesón o en sus propios hatillos, y se acomodaron, como ya había hecho el señor Codlin, en el rincón más caliente junto a la chimenea. Pronto olvidaron las penalidades pasadas, o si las recordaron fue para recalcar el delicioso momento presente. Nelly y el anciano, vencidos por el cansancio y reconfortados por el calor, cayeron dormidos al poco de sentarse.

—¿Quiénes son? —susurró el mesonero.

Short sacudió la cabeza y contestó que ya le gustaría saberlo a él también.

—¿Tú no los conoces? —preguntó de nuevo el anfitrión, volviéndose al señor Codlin.


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