La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —No —contestó—. No son gente buena, supongo.
—No hacen daño a nadie —protestó Short—. Yo creo una cosa…, que el anciano no parece estar en su sano juicio.
—Si eso es todo lo que has conseguido saber de ellos —refunfuñó el señor Codlin, mirando el reloj—, mejor nos centramos en la cena y olvidamos el asunto.
—Escúchame, ¿quieres? —apostrofó su amigo—. Resulta bastante obvio que no están hechos a este tipo de vida. No me digas que esa niña tan preciosa está acostumbrada a vagar por ahà como en estos dos o tres últimos dÃas. Yo sé lo que me digo.
—¿Y quién te ha dicho lo contrario? —gruñó el señor Codlin mirando el reloj y el caldero—. ¿No puedes pensar en algo más adecuado para el momento presente en vez de decir una cosa y después la contraria?
—Me gustarÃa que te sirvieran ya la cena —replicó Short—, pues parece que no habrá paz hasta que no te pongas a comer. ¿No has notado lo nervioso que está el anciano con lo de seguir y seguir caminando, siempre adelante y más adelante? ¿No has notado eso?
—SÃ, ¿y qué? —musitó Thomas Codlin.