La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Pues yo te lo diré —apostilló Short—: ha dejado plantados a sus amigos. FÃjate en lo que te digo: ha dejado plantados a sus amigos y ha persuadido a esta delicada criatura, que le tiene mucho cariño, para que sea su guÃa y compañera de viaje… Hacia dónde…, él no lo sabe mejor que el hombre de la luna. Pues bien, yo no voy a tolerarlo.
—¿Tú no vas a tolerar qué? —levantó el tono el señor Codlin, mirando de nuevo el reloj y tirándose del pelo con las dos manos, presa de un ataque de locura; ataque que no se sabÃa bien si estaba ocasionado por la observación de su compañero o por el lento transcurrir del tiempo—. ¡En qué mundo nos ha tocado vivir!
—He dicho —repitió Short con empatÃa y lentitud— que no estoy dispuesto a tolerarlo. No estoy dispuesto a ver a esta bella niña caer en malas manos y mezclarse con personas para las que no está hecha, por lo mismo que esas personas no están hechas para frecuentar la compañÃa de ángeles. Asà que, cuando decidan separarse de nosotros, tomaré las medidas oportunas para detenerlos y devolverlos a sus amigos, que, me atrevo a decir, ya habrán plasmado su desconsuelo en todas las paredes de Londres.