La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Short —dijo el señor Codlin, que, con la cabeza en las manos y los codos en las rodillas, se balanceaba con impaciencia dando ocasionalmente una patada al suelo y ahora levantaba la mirada con ojos ansiosos—; es posible que por esta vez lleves razón. Si tal fuera el caso, y hubiera alguna recompensa, recuerda, Short, que somos socios en todo.
Su compañero sólo pudo asentir brevemente a estas palabras, pues la niña acababa de despertarse. Los feriantes, que se habÃan aproximado durante el anterior cuchicheo, se separaron rápidamente y, con cierta torpeza, intercambiaron alguna que otra observación en su tono habitual hasta que los interrumpió la llegada de unos extraños perros.