La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Eran cuatro perros deplorables, que entraron chapoteando uno tras otro, encabezados por un viejo perro patizambo de aspecto particularmente patibulario, el cual, deteniéndose en la puerta hasta que llegó el último de sus seguidores, se irguió sobre las patas traseras entre sus colegas, que inmediatamente se irguieron también sobre las suyas formado una fila grave y melancólica. Y no fue esta la única curiosidad de estos canes; todos lucían un vestidito de color chillón salpicado de lentejuelas deslustradas, y uno iba tocado con un gorro atado por debajo del mentón, que, caído sobre la nariz, le tapaba completamente un ojo; si añadimos a esto que los vestidos chillones estaban mojados y descoloridos por la lluvia, y que sus portadores venían empapados y sucios, podremos formarnos alguna idea del singular aspecto de estos visitantes del Jolly Sandboys.
Sin embargo, ni Short ni el mesonero ni Thomas Codlin mostraron sorpresa ante esta aparición, limitándose a confirmar que eran los perros de Jerry y que este no podía andar muy lejos. Los canes permanecieron parpadeando pacientemente, con la mirada fija en el puchero hirviendo, hasta que apareció el mencionado Jerry y entonces bajaron las patas y entraron en la habitación con normalidad. Posición que no mejoró mucho su aspecto general, pues las dos colas —la corporal y la del vestido, ambas magníficas a su manera— no se avenían en absoluto.