La tienda de antiguedades

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Jerry, el amo de los perros bailarines, con mostacho negro y abrigo de terciopelo, amigo del mesonero y de los huéspedes, fue recibido con gran cordialidad. Desembarazándose de un organillo, que colocó sobre una silla, y sujetando un pequeño látigo con el que mantenía a raya a la tropa canina, se acercó al fuego para secarse y enseguida entabló conversación.

—Tu gente no suele viajar vestida, ¿verdad? —preguntó Short, señalando a los perros—. Te saldría por un ojo de la cara, supongo.

—No —contestó Jerry—, no suele ir vestida. Pero hemos dado una pequeña representación cerca de la carretera y saldremos con un nuevo vestuario en las carreras; por eso no creo que valga la pena molestarme en desvestirlos. ¡Abajo, Pedro!

Esta orden iba dirigida al perro que llevaba gorra, el cual, como era nuevo en la compañía y no estaba seguro de sus obligaciones, mantenía su ojo no tapado fijo en el amo y se alzaba constantemente sobre las patas traseras sin razón aparente para posarse luego sobre las cuatro patas.

—Ah, tengo aquí un animalito —dijo, llevándose una mano al bolsillo de su abrigo y hundiéndola como para sacar una naranja, manzana o fruta parecida—, un animalito que creo que tú conoces bien, Short.

—¡No me digas! —exclamó Short—. Veamos, pues.


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