La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El desafortunado animal posó inmediatamente en el suelo las patas delanteras, movió la cola y miró a su amo con ojos suplicantes.
—Debes tener más cuidado, caballerito —empezó a amonestarlo Jerry, dirigiéndose impasible hacia la silla donde había colocado el organillo, cuyo mecanismo accionó—. Ven aquí. Y ahora, caballerito, tocarás sin parar mientras nosotros cenamos, y que no se te ocurra moverte de aquí.
El perro se puso al instante a girar el manubrio con aire melancólico. El amo, tras mostrarle el látigo, volvió a su asiento y llamó a los otros, que se irguieron y pusieron en fila bajo su militar dirección.
—Ahora, caballeros —dijo Jerry, mirándolos atentamente—, el perro al que llame por su nombre comerá. Y a los que no nombre se quedarán firmes. ¡Carlo!