La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El mesonero se dispuso a extender el mantel, proceso al que el señor Codlin ayudó gustosamente colocando su propio cuchillo y su tenedor en el lugar más estratégico y asentando sus reales enfrente. Una vez puesta la mesa, el mesonero retiró la tapadera por última vez, y de ella brotó la promesa de una cena tan excelente que si la hubiera colocado otra vez en su sitio o insinuado un aplazamiento, habría sido sacrificado en su propio fogón.
Pero no hizo nada de eso, sino que, asistido por una fornida criada, volcó el contenido del caldero en una gran sopera, actividad que los perros, a prueba contra las salpicaduras calientes que cayeron sobre sus hocicos, observaron con una terrible avidez. Finalmente, colocada la comida en la mesa, con varias jarras de cerveza alrededor, la pequeña Nell recitó una oración y empezó la cena.
En ese momento, los pobres perros se irguieron sobre sus patas traseras y la niña, compadecida de ellos, se dispuso a echarles unos trozos de su plato antes de probarlos, a pesar del hambre que tenía. Pero el amo de los perros se interpuso al instante:
—No, querida, no, por favor, ni una pizca de manos que no sean las mías. Ese perro —señalaba al viejo cabecilla de la jauría, hablando con voz apocalíptica— ha perdido hoy medio penique y se quedará sin cenar.