La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Qué pasa con los gigantes viejos? —preguntó Short de nuevo con aire reflexivo.
—Generalmente se quedan en la caravana para servir a los enanos —contestó el señor Vuffin.
—Su mantenimiento debe de resultar bastante caro; quiero decir, cuando no se les puede exhibir, ¿no es cierto? —observó Short con mirada dubitativa.
—Ya, pero es mejor que dejarlos en una parroquia o vagando por las calles —respondió el señor Vuffin—. Si la gente se acostumbrase a ver gigantes por la calle, no pagarÃa por verlos en una feria. Mira los patas de palo. Si sólo hubiera un hombre con pata de palo, valdrÃa su peso en oro.
—¡Cierto! —asintieron el mesonero y Short a la vez.
—En cambio —prosiguió el señor Vuffin—, si representaras a Shakespeare solamente con actores con pata de palo, me parece que no sacarÃas ni seis peniques.
—Cierto, cierto —convino Short. Y el mesonero opinó lo mismo.