La tienda de antiguedades

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—Sé que te acuerdas, Jerry —dijo el señor Vuffin remarcando bien sus palabras—. Sé que te acuerdas, Jerry, y la opinión general es que le estuvo bien empleado. Por cierto, me acuerdo de los veintitrés carromatos del viejo Maunders, cuando los tenía en un terreno de Spa Fields durante el invierno, con la temporada ya terminada; ocho enanos varones y hembras sentados a la mesa todos los días, servidos por ocho viejos gigantes con abrigos verdes, calzones rojos, calcetines azules de algodón y botines. Y había un enano viejo y maligno que, cuando su gigante no le servía suficientemente deprisa, le clavaba un alfiler en la pierna, al no poder clavárselo más arriba. Esto es cierto, pues me lo contó Maunders en persona.

—¿Y qué pasa con los enanos cuando se hacen viejos? —preguntó el posadero.

—Cuanto más viejo se hace un enano, más vale —respondió el señor Vuffin—. Un enano con el pelo cano y muchas arrugas está más allá de toda sospecha. Pero un gigante flojo de piernas, que no se mantiene tieso de pie…, mejor guardarlo en la caravana y no exhibirlo nunca por mucho que intenten convencerte de lo contrario.



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