La tienda de antiguedades

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Mientras el señor Vuffin y sus dos amigos pasaban el tiempo en esta conversación fumando sendas pipas, el hombre silencioso permanecía sentado en un rincón caldeado, tragando o haciendo que tragaba seis monedas de medio penique a modo de práctica, al tiempo que mantenía en equilibrio una pluma sobre la nariz y ensayaba otras habilidades semejantes sin prestar la menor atención a los presentes, los cuales tampoco le prestaban demasiada atención. Al cabo, la niña, que estaba muy cansada, convenció a su abuelo para que se retiraran, y dejaron así a los demás al amor del fuego, con los perros medio dormidos a cierta distancia.

Tras dar las buenas noches al anciano, Nell se retiró a su humilde buhardilla, pero apenas hubo cerrado la puerta cuando alguien llamó suavemente. La abrió enseguida y le sorprendió ver al señor Thomas Codlin, a quien acababa de dejar abajo, según todos los indicios, profundamente dormido.

—¿Ocurre algo? —preguntó la niña.

—Nada en especial, querida —respondió el visitante—. Quiero que sepas que soy tu amigo. Tal vez no lo hayas pensado, pero soy tu amigo, no él.

—¿Y quién es él? —quiso saber la niña.

—Short, querida. Te diré una cosa —encareció Codlin—, aunque él tenga una manera de ser que te pueda gustar, yo soy un hombre leal y, sincero. Puede que no lo parezca, pero lo soy.


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