La tienda de antiguedades

La tienda de antiguedades

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Con el paso de la mañana, las tiendas adquirieron un aspecto más alegre y brillante, con largas hileras de carruajes que no dejaban de llegar rodando suavemente sobre la hierba. Hombres que habían pasado la noche anterior en blusón y polainas de cuero lucían chalecos de seda y sombreros con penacho, y hacían de juglares o saltimbanquis o aparecían como criados de voz suave ataviados con magníficas libreas delante de casetas de apuestas o con trajes de honrados granjeros que invitaban a participar en juegos ilegales. Gitanas de ojos negros, con la cabeza envuelta en vistosos pañuelos, se ofrecían para decir la buenaventura, y pobres y delgadas mujeres de cara pálida seguían a ventrílocuos y prestidigitadores contando los peniques con avidez antes de haberlos ganado. A los niños que podían recoger —niños con todas las marcas de la suciedad y la pobreza— se los acomodaba entre los burros, las carretas y los caballos, y los que no cabían correteaban por los lugares más insospechados, colándose entre las piernas de la gente y las ruedas de los carros y apareciendo milagrosamente ilesos debajo de los cascos de los caballos. Los perros bailarines, los zancudos, la enana y el gigante, y todas las demás atracciones, acompañadas de organillos y bandas de música, fueron emergiendo de los agujeros y rincones en los que habían pasado la noche y se mostraban lozanos al sol.


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