La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al parecer, el señor Chuckster había permanecido todo aquel tiempo con las manos en los bolsillos al lado del poni, pero sin vigilarlo, y ocasionalmente reprendiéndolo con admoniciones como «estate quieto», «silencio», «ihho» y otras imprecaciones semejantes, que un poni que se precie no podría tolerar. Por consiguiente, el poni, sintiéndose libre de cualquier obligación u obediencia, y al no tener a nadie que lo vigilara, había echado a trotar y se hallaba ahora en mitad de la calle. El señor Chuckster, con el sombrero caído y una pluma detrás de la oreja, iba agarrado detrás del tílburi, intentando en vano pararlo, para la inenarrable admiración de los curiosos. Pero hasta en las escapadas se comportaba Whisker de un modo perverso, pues se detuvo de repente y, antes de que nadie lo hiciera volver, empezó a recular a un paso casi tan rápido como el que había llevado hacia delante. De este modo, de una manera muy poco gloriosa, el señor Chuckster volvió reculando hasta el despacho, agotado y maltrecho.
La anciana se instaló en su asiento, y el señor Abel (a quien habían ido a recoger) en el suyo. El anciano, después de sugerir al poni lo impropio de su conducta y de presentar sus mejores disculpas al señor Chuckster, tomó también asiento. Tras despedirse del notario y de su empleado, se alejó, volviéndose para saludar con la cabeza a Kit, que se había quedado en medio de la calle viéndolos partir.