La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Si el caballero me va a hacer la misma pregunta, no le podré contestar ninguna otra cosa, señor. Ya me gustarÃa poder darle otra respuesta, por nuestro propio bien —fue la contestación.
Quilp miró a Richard Swiveller, que habÃa llegado casi al mismo tiempo, y dedujo que habÃa venido también en busca de información sobre los fugitivos. ¿SuponÃa bien?, le preguntó.
—Sà —contestó Dick—. Ese era el objeto del presente desplazamiento. CreÃa que serÃa posible…, pero me temo que tocan campanas de misa de difuntos. Yo iré el primero.
—Parece usted muy decepcionado —observó Quilp.
—Un chasco fenomenal, señor —contestó Dick—. Me he lanzado a una aventura que ha resultado un terrible chasco, y asà todo un dechado de luz y de belleza será inmolado en el altar de Cheggs. Eso es todo, señor.