La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El pequeño Jacob contuvo las lágrimas que estaban empezando a brotarle y se quedó callado, presa de terror.
—¡Mucho cuidado con volver a llorar otra vez, granuja —lo amenazó Quilp mirándolo con severidad—, o de lo contrario te haré unas muecas que te harán temblar, te lo aseguro! En cuanto a usted, señor —se dirigió ahora a Kit—, ¿por qué no ha venido a verme tal y como me prometió?
—¿Para qué iba a ir a verle? —replicó Kit—. Yo no tengo ningún negocio con usted, como tampoco lo tiene usted conmigo.
—Escúcheme, señora —dijo Quilp apartando la mirada de Kit y dirigiéndose a su madre—: ¿cuándo fue la última vez que el viejo vino aquà o mandó a alguien? ¿Está aquà ahora? Si no, ¿a dónde ha ido?
—No ha estado aquà en ningún momento —contestó ella—. Me gustarÃa saber a dónde han ido, ya que eso tranquilizarÃa mucho a mi hijo. Si es usted el caballero llamado Quilp, pues… yo creÃa que usted lo sabÃa, y eso mismo le he dicho hace poco a mi hijo.
—Hmm —murmuró Quilp evidentemente defraudado, pues estaba convencido de que la mujer decÃa la verdad—. Eso mismo le puede contar también a este caballero, ¿no es cierto?