La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Quéee? —graznó una voz extraña—. ¿Qué es eso de seis libras al año? ¿Qué es eso de seis libras al año, eh? —mientras resonaba en el aire la pregunta apareció Daniel Quilp con Richard Swiveller a sus talones—. ¿Quién ha dicho que va a ganar seis libras al año? —preguntó Quilp mirando inquisitivamente a todos los presentes—. ¿Lo ha dicho el anciano o la pequeña Nell? ¿De dónde ha sacado él ese dinero, y dónde están, eh?
La buena mujer se asustó tanto ante la repentina aparición de aquel consumado dechado de fealdad que cogió al bebé de la cuna y se lo llevó al rincón más apartado de la estancia mientras el pequeño Jacob, sentado en su silla con las manos en las rodillas, lo miraba fijamente, como hipnotizado, llorando desaforadamente. Por su parte, Richard Swiveller visualizó rápidamente a toda la familia por encima de la cabeza del señor Quilp, el cual, con las manos en los bolsillos, no dejaba de sonreÃr por haber sido el causante de semejante conmoción.
—No se asuste, señora —la tranquilizó Quilp tras una pausa—. Su hijo me conoce. Yo no como bebés. No me gustan. Pero serÃa conveniente detener el llanto de ese jovencito para que no me vea tentado a hacerle alguna barrabasada. ¡Eh, caballerito! ¿Quieres estarte un poco callado?