La tienda de antiguedades

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Resultaría difícil decir quiénes quedaron más contentos con el acuerdo, el cual se estipuló acompañado de miradas afables y sonrisas alegres por ambos lados. Se convino que Kit se presentaría en su nuevo destino dos días después, por la mañana. Finalmente, los dos viejecitos, tras hacer entrega de una reluciente media corona al pequeño Jacob y de otra al bebé, se despidieron escoltados hasta la calle por su nuevo doméstico, quien sujetó las riendas del terco poni mientras sus nuevos amos tomaban asiento; y así los vio alejarse con el corazón rebosante de alegría.

—¡Qué bien, madre! —exclamó Kit, volviendo deprisa a la casa—. Creo que la fortuna me ha tocado con su varita.

—Eso diría yo también, Kit —convino la madre—. ¡Seis libras al año! ¡Quién lo iba a decir!

—¡Qué bien! —repitió Kit, tratando de mantener la gravedad que exigía la consideración de semejante suma, pero sonriendo con delicia—. ¡Somos ricos!

Kit exhaló un profundo suspiro, hundió las manos en los bolsillos como si contuvieran el sueldo de un año y miró a su madre imaginando que ya nadaban en la abundancia.

—¡Quiera Dios, madre, que se convierta en toda una dama los domingos y Jacob en un buen estudiante y el bebé en un buen chico, y que tengamos una bonita habitación ahí arriba! ¡Seis libras al año!


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