La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Cuando la madre de Kit terminó de hablar, la anciana retomó la palabra y le dijo que la consideraba una mujer muy honrada y respetable, pues de lo contrario no habría podido expresarse de aquella manera, y que ciertamente el aspecto de sus hijos y la limpieza de la casa merecían su aplauso y reconocimiento, a lo que la madre de Kit reaccionó con una reverencia y una sensación de gran consuelo. A continuación, se lanzó a un prolijo relato de la vida y anécdotas varias de Kit, desde su más tierna infancia hasta el momento presente, sin omitir su milagrosa caída por una ventana cuando era muy pequeño o su inhabitual sufrimiento cuando pasó el sarampión, atestiguado por la manera quejumbrosa en la que, día y noche, pedía pan tostado y agua diciendo: «No llores, madre, que me pondré bueno pronto»; y para corroborar aquellas afirmaciones, mencionó a la señora Green, la inquilina de la lechera de la esquina, y a otras damas y caballeros de distintas partes de Inglaterra y Gales (así como a un tal señor Brown, que entonces era cabo en las Islas Occidentales y al que ahora se podía encontrar con facilidad), todos los cuales podían dar fe de lo referido. Terminado el relato, el señor Garland le hizo algunas preguntas a Kit con respecto a sus cualidades y habilidades en general. Mientras, la señora Garland observaba a los niños y, oyendo a la madre de Kit relatar ciertas circunstancias notables que habían concurrido en el nacimiento de cada uno de sus hijos, relató ella misma también ciertas circunstancias notables que habían concurrido asimismo en el nacimiento de su hijo, el señor Abel, de lo que se traslució que tanto la madre de Kit como ella se habían visto —por encima y más allá de las demás mujeres de cualquier condición o edad— particularmente asaltadas por todo tipo de asechanzas y peligros. Finalmente, se formularon preguntas sobre la naturaleza y variedad del guardarropa de Kit, y se concedió un pequeño anticipo para su mejora. Kit quedó así formalmente contratado con unos ingresos anuales de seis libras, más comida y alojamiento, por el señor y la señora Garland, de la finca de Albel, en Finchley.