La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La madre de Kit contestó que eso era muy cierto, sensato y apropiado, y que ella de ningún modo se negaría, ni tenía motivos para negarse, a cualquier pesquisa sobre su carácter o el de su hijo; que su hijo era un muchacho excelente, aunque qué iba a decir una madre, y que se atrevía a decir que se parecía mucho a su padre, el cual no sólo había sido un buen hijo de su padre, sino también el mejor de los maridos y el mejor de los padres, lo que, estaba segura, Kit podía corroborar, y el pequeño Jacob y el bebé, si estos tuvieran suficiente edad, lo que por desgracia no era el caso, aunque no ser conscientes de la gran pérdida padecida tal vez fuera mejor para ellos, dado lo jóvenes que eran. La madre prosiguió su narración, secándose los ojos con el delantal de vez en cuando y acariciando la cabeza del pequeño Jacob, que estaba meciendo la cuna y mirando con la mayor atención a tan extraña dama y tan extraño caballero.