La tienda de antiguedades

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—Muy bien, señor —expresó Kit, mirando a su madre en busca de una explicación.

—Este caballero ha tenido la amabilidad, cariño —dijo ella en respuesta a la muda interrogación—, de interesarse por si tienes un buen puesto, o si tienes alguno; y cuando le he dicho que no tenías ninguno, ha tenido la bondad de decirme que…

—Buscamos a un chico cabal para nuestra casa —concluyeron el anciano y la anciana a la vez—, y tal vez podríamos encontrarlo aquí, si quedamos satisfechos de nuestras pesquisas.

Como «encontrarlo aquí» significaba que pensaban seriamente en contratar a Kit, este compartió la inquietud de su madre y sintió una gran agitación; pues los viejecitos eran unas personas muy metódicas y prudentes, y le harían muchas preguntas, de manera que empezó a temer por el éxito de su contratación.

—Comprenderá usted, querida señora —dijo la señora Garland a la madre de Kit—, que es preciso andarse con mucho cuidado y mucho tiento en un asunto como este, pues somos sólo tres de familia y además unas personas muy tranquilas y de costumbres muy regulares, por lo que sería muy de lamentar que cometiéramos un error y nos encontráramos con algo diferente a lo que queremos.


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